Gaucho, domador de pura cepa y un representante de la historia viva. Gonzalito de Jaúregui cuenta sus comienzos, lo difícil que fue aprender el oficio y asegura que la austeridad y la humildad son sus mejores cartas. “No necesito mucho para ser feliz”, reconoce.

Gonzalito atesora en sus recuerdos la historia viva. A sus 74 años, guarda en la mirada el paso del tiempo, una mezcla de aquellas andanzas en los que se lanzaba de prepo a la jineteada, con la paciencia y la tranquilidad con la que hoy cuida y abraza a cada uno de sus caballos. Vive en una humilde morada de Carlos Keen, partido de Luján, y lo acompaña su tropilla, la de “Lobuno”, como él la nombró en honor a uno de sus compañeros inolvidables que vivió gran cantidad de años a su lado.
Lo de “Gonzalito” no viene por su contextura, sino por una historia bien campera. “Tendría 12 o 13 años cuando monté por primera vez en una jineteada, que en esa época las hacían para aficionados. Y como tenía que anotarme y había otros González (su verdadero nombre es Oscar Jesús González), me pusieron ese apodo. Ya vivía en Jáuregui para ese entonces, y me quedó para toda la vida”, explica entre risas a El Lunar.

Los comienzos
Se mueve sin prisa, no hace falta. Pone la pava sobre el brasero, acomoda las banquetas hechas con huesos de vaca, las acolchona y se endereza la boina. Es, sin dudas, un gaucho de pura cepa. Sus primeros pasos los dio de muy chico, cuando la yerra que vio de niño lo marcó a fuego. Por esos años vivía en Timote, pueblo en donde su padre era encargado de un campo de 17 mil hectáreas. “Recuerdo que habían llevado una chata y había un corral de palo a pique para encerrar a la hacienda. Algunos domadores agarraban los potros, o una tropilla que por lo general siempre se elegía del mismo pelo. Fue ahí que vi domar por primera vez. Los enlazaban ahí adentro, en el suelo y el domador enseguida iba arriba con el recado completo. Hasta tengo la imagen de que iban con poncho”, cuenta.
Y así empezó, a las escondidas para que no lo viera el patrón. “Por lo general uno aprende a pialar con los terneros, porque una vaca grande te puede lastimar. Y quizás se golpeaba al animal, entonces practicábamos cuando nadie nos veía”, recuerda. Ni lerdo ni perezoso, ya a los 8 años andaba revoleando el lazo y jineteando terneros. Con el tiempo tuvo que rebuscárselas. “Soy zurdo, aprendí gracias a un viejito que siempre lo recuerdo. Todos los libros están hechos para diestros, como casi todas las cosas. Había gente que te enseñaba cuando te veían voluntad y esmero. Hasta tenías preferencia si eras corajudo para montar un potro. Yo he tenido la suerte de que habían quedado personas que sabían hacer esos trabajos y que le gustaba que esto se siga, que no se pierda”.

El Lunar: -¿Cómo fueron los primeros años de trabajo en la doma?
Gonzalito: -Ha sido difícil, porque quise descubrir cosas, aprender, y estuve muy falto de todo. Uno aprende a fuerza de la necesidad, yo a veces quería tener un par de botas de potro y no las podía comprar, pero después aprendí a sacarlas cuando se moría un animal. Lo mismo en hacer una soga. Costaba mucho armarse un recadito. Hoy han cambiado los valores, porque cualquier persona que trabaje en el campo puede tener un caballo. Para el peón antes era como tener un auto de alta gama. Hasta esa etapa fue difícil aprender, porque cuesta.

-Pero tuvo sus frutos..
-La vida que he vivido, si bien ha sido sacrificada he sido muy feliz, porque pude criar una familia con lo que me gustó hacer. Trabajo de campo, domar un caballito, que eso me daba para hacerme la casa, que mi familia tenga el sustento de todos los días, que los chicos puedan ir a la escuela. Creo que algunos nacemos con estrellas y algunos estrellados, y he vivido bien con muy poquito. No necesito grandes cosas para ser feliz, con ver esos caballos ahí (en su terreno) ya está, o que venga alguien a saludar, a tomar mate.

-¿Qué recibe de los caballos?
-A veces uno no sabe cómo es uno, y he recibido todo lo que soy, pero sin el caballo no sería yo. No soy el famoso, sino los caballos, que me llevaron a ser como soy. Me enseñaron el respeto, la ubicación. Eso después uno lo lleva a las personas. Creo que me han enseñado muchísimo. El caballo es como una mitad. Yo camino muy agachado pero cuando subo al animal me ven distinto, como que estoy más derechito, como que me saco veinte años de encima. Te da esa satisfacción, esa alegría. Creo que a caballo soy diez veces más de lo que soy a pie.

-¿Hubo alguno especial que lo marcó en su vida?
-Sí. Me lo regaló un tío de mi madre que se había jubilado y estaba medio enfermo. Él me pidió que el caballo se muera en mis manos, y me dio muchas satisfacciones porque aprendieron mis hijos y mis nietos. Se murió de 37 años acá y por eso le puse a los míos “la tropilla de Lobuno”. Jamás me pegó una rodada, y eso que cuando uno es joven pierde esa conciencia que debe tener. Era un caballo de agarrar una vaca al cruce, un novillo, y dejarlo patas para arriba. Con él iba al campo y sabía que me podía defender, era como mi otro yo.

Hasta hace unos meses Gonzalito llevaba sus caballos a la plaza de la estación para que los turistas los acaricien, paseen o se saquen fotos. También trabajó en un restaurante que recibía contingentes de extranjeros, en donde realizaba una exposición de doma y adiestramiento. “Soy un jubilado que cobra la mínima, pero cumplí el sueño de tener mi tropilla y mantenerla”, reconoce con una mirada cansina y arroja una sonrisa para no perder la costumbre. Ni la alegría. Lo cierto es que hoy, como durante casi toda su vida, la felicidad de sus días son sus caballos. A ellos les habla, los mima, los monta y hasta pareciera que bailara o, mejor dicho, que bailaran juntos al ritmo de una chacarera. “Lindo caballito… lindo caballito”, le susurra al oído a su amigo, uno de sus fletes.

Pablo Noto.

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