En abril de 1925 se inició en Buenos Aires una de las travesías más famosas del siglo. Mancha y Gato que tenían 15 y 16 años, respectivamente, guiados por el profesor suizo Aimé Tschiffel. recorrieron los 21500 Km que separan a la ciudad de Buenos Aires de Nueva York. El viaje se desarrolló en 504 etapas con un promedio de 46,2 Km por día.
Aimé estaba convencido de la fortaleza de los rústicos y nada estilizados caballos criollos, y quería demostrarlo. Logró ponerse en contacto con Emilio Solanet, criador y propulsor del reconocimiento de la raza, que creyó posible el proyecto y le regaló los caballos.

“Desde los primeros días advertí una real diferencia entre sus personalidades. Mancha era un excelente guardián: estaba siempre alerta, desconfiaba de los extraños y no permitía que hombre alguno, aparte de mí mismo, lo montase… Gato era un caballo de carácter muy distinto. Fue domado con mayor rapidez que su compañero. Cuando descubrió que los corcovos y todo su repertorio de malintencionados recursos para arrojarme al suelo fracasaban, se resignó a su destino y tomó las cosas filosóficamente”, así lo relata Tschiffel.
El diario La Nación fue uno de los medios que siguió desde sus páginas al aventurero y sus caballos. Algunas de las líneas decían así: “En Huarmey el guía no pudo más, ni sus bestias. Los dos criollos Mancha y Gato se revolcaron, tomaron agua y después se volcaron al pasto con apetitos de leones. De Huarmey a Casma, 30 leguas, calores colosales ¡52 grados a la sombra! sin agua, ni forraje, arena, arena, arena. Los cascos se hundían permanentemente de 6 a 15 pulgadas en la arena candente”.
Y en la editorial del 23 de septiembre de 1928 quedó patentado el logro: “después de más de tres años y cinco meses, Aimé montado en Mancha, su fiel compañero (Gato tuvo que quedarse en la Ciudad de México al ser lastimado por la coz de una mula), logró la hazaña: al llegar a la Quinta Avenida de Nueva York llevaba en los cascos de su caballo criollo el polvo de veinte naciones atravesadas de punta a punta, en un trayecto más largo y rudo que el de ningún conquistador, y sobre su pecho, en moño blanco y celeste, bien ganados como una condecoración, los colores argentinos”.
Gato murió a los 36 años en 1944 y Mancha partió al silencio en 1947, cuando tenía 40 años. Fueron cuidados hasta su muerte por el paisano Juan Dindart, en la Estancia “El Cardal”. Hoy se encuentran embalsamados, en exposición, en el Museo de Transportes del Complejo Museográfico Provincial “Enrique Udaondo” de la ciudad de Luján, provincia de Buenos Aires. Cuando el profesor suizo falleció se cumplió su pedido. Por eso sus cenizas reposan en el campo de Ayacucho donde tantas veces vio correr a sus amigos.

Diego Tavicco.

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