Mientras me lo pregunto en silencio, las palabras en mi mente suenan repugnantes, crueles y miserables.
Desestimó inmediatamente esa idea, obligando a mi cerebro a producir una y mil imágenes de caballos corriendo por el campo. Puedo escuchar entonces el golpeteo furioso de los cascos contra la tierra, entorno los ojos y puedo ver la nube de polvo que flota en rededor de aquellos briosos cuerpos hundiéndose en la tarde, perdiéndose por fin en la libertad, esa que desde su sangre los gobierna.
La imagen viviente es tan fuerte, tiene tanta belleza, que logra calmar mi pecho y restablecer mi ritmo cardiaco, antes desbocado al ver los videos logrados en los mataderos de caballos.
Muerte, faena y dolor.

La prohibición para faenar caballos se impuso por primera vez con el gobierno de Juan Manuel de Rosas. Con el regreso del peronismo en el ’74 quedó habilitado el faenado pero con restricciones: se prohibió la matanza de animales machos menores de 12 años y hembras menores de 15, salvo que estuvieran lastimados. Raúl Alfonsín reimplantó la prohibición completa, vigente hasta 1995, cuando la ley 24.525 impulsó definitivamente el consumo del ganado equino y subproductos. Pero los beneficiarios del negocio no quedaron satisfechos, ya que los caballos más jóvenes continuaban preservándose. Finalmente de la mano de Carlos Menem, con el decreto 974 lograron que no haya límites de edad para la matanza de caballos.
Como productor, Argentina se encuentra detrás de China y México, como exportador es el primero ya que cubre el 23% de la demanda mundial. Los destinos son Japón, Francia, Bélgica y Holanda. En nuestro país no se faenan animales criados para este fin, aquellos que representan a los interesados, recorren los campos comprando caballos a muy bajo precio. Es frecuente también el cuatrerismo para tal fin. Doscientos mil son los animales que se reúnen al año y se distribuyen en 4 mataderos autorizados para equinos. Quienes conocen, saben que además hay mataderos clandestinos.
Los especialistas aseguran que la carne de caballo tiene bajo contenido en grasas. Las mismas poseen una consistencia aceitosa y color amarillento, con elevado porcentaje de triglicéridos de ácido oleico que determinan su alta digestibilidad. Su alto contenido de glucógeno le otorga un sabor dulzón. El color de la carne es rojo oscuro, se la considera saludable debido a su elevado contenido en hierro, y contiene una importante cantidad de proteínas de alto valor biológico. Es considerada la más tierna de las carnes de consumo. Su olor particular se debería al contenido de ácidos grasos volátiles.

Luego de deambular por los distintos informes sobre la práctica de este negocio, (que en nuestra Argentina crece en silencio y a pasos agigantados) no pude evadir, no supe callar y me hago eco de los fríos datos que ilustran cruelmente esta tarea, para mi gusto innecesaria y nefasta por donde se la mire. El dato más notable es que, en los últimos años la venta de carne de caballo generó US$ 75 millones y US$1.047 millones aportó la carne vacuna, mientras que US$17.284 millones ingresaron por la soja.
Entonces, me quieren decir para que matar caballos si no es un negocio que favorezca de verdad a las arcas del país y sí a unos pocos empresarios. Nadie va a entender que somos un territorio con historia sobre caballos y que el negocio estaría en criar mejores ejemplares cada vez. Educar a los amantes de los equinos, para que animales y hombres conformen el tan necesario binomio y sean la unión perfecta para disfrutar ambos de la compañía y la libertad.
Parece mentira que los datos anteriormente mencionados, siendo de tan fácil acceso, no generen ningún ruido.
Es sospechoso que en estos tiempos, donde la comunicación es tan vasta y veloz, ni los medios, ni los gobiernos, ni los protectores de animales, ni la sociedad toda… nadie quiera, o tenga algo que decir al respecto.
Desde nuestro humilde espacio, este que con esfuerzo empuja para crecer, con amor y sin vergüenzas, con hidalguía y sin silencios, con entusiasmo y sin frenos, queremos gritar, agitamos las gargantas con energía, sabemos que nuestra voz contagiará a más voces, queremos gritar y gritamos entonces: ¡NO A LA FAENA DE CABALLOS!

Diego Tavicco.

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