Por Carlos Raúl Risso

carlosraulrisso@yahoo.com.ar

“Gauchito de pocas pilchas / hecho a dormir en el suelo, / sin más almohada que el basto, / sin más colchón que los lienzos, / ni más calor que el calor / que a veces le dan los perros.”, con esa virtuosa exactitud pintó a nuestro personaje la inspirada pluma del poeta de Chivilcoy, Don Boris Elkin.

Si uno dice “boyero”, quien más quien menos, imagina y asocia con ese muchachito chico que en un tambo era el encargado, por la tardecita, de apartar los terneros y en la siguiente madrugada, de acercar las lecheras al corral de ordeñe; en una chacra el responsable en la mañana oscura de juntar la caballada para atar los arados; y en una estancia, el encargado de un montón de tareas menores, como a veces podía ser baldear en el jagüel, o encerrar y preparar los caballos para que los hijos de patrón y mayordomo salgan de paseo.

Pero la palabra viene de más antiguo, de mucho más atrás.

Desde la época de la colonia, las grandes y pesadas carretas que cruzaban el vasto territorio, eran tiradas por bueyes, y así siguió siendo después en la naciente patria por mucho tiempo. Nunca nuestras carretas fueron tiradas por caballos.

El grupo de bueyes que iban uncidos al vehículo, como así los que sueltos se llevaban de refresco, conformaban “la boyada”.

Como mayoritariamente nuestra cultura se conforma con una gran herencia española, averiguamos que significa tal cosa en aquellas tierras, y nos encontramos que es casi igual a lo que hemos dicho. Dicen allá: “boyada: manada de bueyes y vacas”, y tras esto nos encontramos con una curiosidad: <Se denomina “boyero” al corral o lugar en que se recogen los bueyes>. Y esto sí, ya no coincide con nuestra designación, ya que en estas tierras se denomina “boyero” al chico o muchachito chico encargado de cuidar “la boyada”, cuando la tropa ha hecho un alto en su lento pero arduo trajinar. Y a la acción del “boyero” de andar cuidando los bueyes que pastorean, se le llamó “boyeriar”.

Tenemos entonces que de “buey, boyada; de ésta, boyero, y por su tarea, boyerear”.

Andando el tiempo, esa denominación se fue aplicando no solo al cuidador de los bueyes, sino a todo chico encargado de realizar alguna tarea en la vida laboral de la campaña.

Ese “boyero” al ir creciendo pasará a otras tareas, quizás sea mensual, y su lugar volverá a ser ocupado por algún otro chico.

Don Miguel Etchebarne lo ha sabido describir: “El estirón le ha dejado / la bombacha a media pierna / que muestra la carne tierna / de trigo recién granado. (…) Boina roja en la maleza / crespa del pelo retinto / y en la apretura del cinto/ un cuchillito de mesa.”

Su trabajo aplicado, su sacrificio niño, se ve que no ha pasado desapercibido para los poetas, porque son muchos los que a su modo lo han retratado. Así, el ya citado Elkin, escribió: “Gauchito madrugador / desayunado a luceros, / si no fuera por tus gritos / chicoteando a todos vientos, / el campo, que es remolón, / habría seguido durmiendo…”.

Hay otro chico que ha realizado una tarea muy puntual: el postillón de galera, pero de él nos ocuparemos en otro momento.

Ahora, para cerrar esta semblanza recurrimos a un verso de Manuel Rodríguez escrito en primera persona, recordando él los años aquellos en que fue boyero para aportar a la mesa familiar.

BOYERITO

1

Recién diez años tenía,

fui a trabajar de boyero,

pasaba días enteros

con tres perro’e compañía;

cuantas veces me dormía

apoyado al paraíso,

o montado en el petiso

viejo, bichoco, tobiano,

que por áhi movía las manos

como dándome un aviso.

2

Temprano de madrugada

orientado por los perros

o el tañido del cencerro

campeaba la caballada;

las alpargatas mojadas

por la escarcha o el rocío,

aunque tiritando ‘e frío

pensaba con alegría

que a mi madre llevaría

¡seis pesos!, el sueldo mío.

3

De esa forma fui creciendo

observando con esmero,

y el trabajo ‘el chacarero

despacio fui comprendiendo,

o mejor dicho, aprendiendo

como esto que detallo:

a empecherar los caballos

pa’ atarlos bien al arado,

¡cuántas veces me han pisado!

Lo que gritaba… lo callo.

4

Tuve que arar y sembrar,

ayudar en la carneada,

atar bien la choriceada

y colgarlos pa’ secar;

también me tocó ordeñar

luchando con los terneros,

arreglar bien los chiqueros,

batir pa’ hacer la manteca,

dar de comer a las cluecas

y echarle pasto al nochero.

5

Así se pasó mi infancia

en mis Pagos de Arenales,

entre maizal y trigales

y del lino la fragancia.

Pa’ todo tuve constancia

y supe andar el camino;

hoy pienso que es mi destino

pasar sin hacer barullo

¡conservando alto el orgullo

de saberme campesino!

Versos de Manuel Rodríguez

La Plata, 19 de diciembre de 2016

Carlos Raúl Risso
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